Por Leonardo Ganzburg
Qué difícil escribir sobre semejante ser.
Pocas muertes dentro de la cultura popular argentina generaron una conmoción tan profunda. Los Redondos marcaron la adolescencia y la juventud de varias generaciones. Sus canciones acompañaron amistades, viajes, canchas, barrios y momentos que quedaron grabados para siempre en la memoria colectiva.
Muchos llegaron a ellos a través del fútbol, porque ese fenómeno fue así: fueron Los Redondos quienes lograron fusionar como nadie el rock y la cultura futbolera. Pero también fueron la resistencia, el arte y una profunda conciencia social.
El Indio representó un fenómeno social muy difícil de explicar. De esas cosas místicas que suceden en la Argentina y que desbordan cualquier análisis. Porque no se trató solamente de música. Se trató de identidad, de pertenencia, de encontrarse con otros que sentían parecido sin siquiera conocerse.
Los Redondos crecieron por fuera de los grandes medios, por fuera de las recetas del mercado y de la industria cultural. Crecieron de boca en boca, de cassette en cassette, de recital en recital. Mientras otros necesitaban televisión para llegar a la gente, ellos construían una multitud desde abajo.
Y qué multitud.
Miles y miles de pibes y pibas de los barrios populares encontraron en sus canciones algo que no encontraban en otro lado. Una forma de nombrar las injusticias, las contradicciones, los sueños y las broncas de una época. El Indio no hablaba desde arriba. Hablaba desde un lugar que se sentía cercano, aunque estuviera sobre un escenario frente a cientos de miles de personas.
Sus recitales fueron mucho más que recitales. Fueron peregrinaciones populares. Gente viajando durante horas o días para compartir una experiencia colectiva. Banderas, bombos, amigos, familias enteras. Había algo de fiesta, algo de ritual y algo de encuentro que difícilmente vuelva a repetirse.
Por eso resulta tan difícil explicar lo que significó.
Porque el Indio fue rock, pero también fue fútbol. Fue poesía, pero también fue calle. Fue rebeldía, pero también fue reflexión. Fue un artista inmenso que logró convertirse en parte de la cultura popular argentina sin resignar jamás su independencia.
Para muchos de nosotros sus canciones acompañaron los mejores y los peores momentos de la vida. Sonaron en los viajes, en las canchas, en las marchas, en las reuniones con amigos, en los amores y en las despedidas.
Por eso duele tanto su partida.
Porque no se fue solamente un músico.
Se fue una parte de la banda sonora de nuestras vidas.
Pero hay personas que trascienden su tiempo. Personas que se vuelven memoria colectiva. Y el Indio es una de ellas.
Mientras exista una bandera ricotera flameando en una ruta, una canción sonando en una tribuna, una guitarra en una esquina o un grupo de amigos cantando sus letras en una noche cualquiera, el Indio seguirá presente.
Buen viaje, maestro.
Gracias por tanto.

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