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Sueñan las pulgas con comprarse un perro,
y sueñan los nadies con salir de pobres,
que algún mágico dÃa
llueva de pronto la buena suerte,
que llueva a cántaros la buena suerte;
pero la buena suerte no llueve ayer, ni hoy, ni mañana,
ni nunca,
ni en lloviznita cae del cielo la buena suerte,
por mucho que los nadies la llamen,
y aunque les pique la mano izquierda,
o se levanten con el pie derecho,
o empiecen el año cambiando de escoba.
Los nadies:
los hijos de nadie,
los dueños de nada.
Los nadies:
los ningunos,
los ninguneados,
corriendo la liebre,
muriendo la vida,
jodidos,
rejodidos:
que no son, aunque sean.
Que no hablan idiomas, sino dialectos.
Que no profesan religiones, sino supersticiones.
Que no hacen arte, sino artesanÃa.
Que no practican cultura, sino folklore.
Que no son seres humanos, sino recursos humanos.
Que no tienen cara, sino brazos.
Que no tienen nombre, sino número.
Que no figuran en la historia universal,
sino en la crónica roja de la prensa local.
Los nadies, que cuestan menos que la bala que los mata.
Este poema fue publicado en El libro de los abrazos (1989) y es uno de los textos más emblemáticos sobre la desigualdad, la marginalidad y la dignidad de los pueblos olvidados de América Latina.
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