Se realizó un locro patrio gratuito en la plaza del Barrio 240 Viviendas, al sur de San Miguel de Tucumán. La actividad marcó el inicio de un ciclo de ollas populares que se irán organizando en este duro momento de crisis económica y social que atraviesan miles de familias.
La importante participación de vecinos y vecinas dejó en evidencia una realidad que ya no puede ocultarse. Cada vez son más los hogares que deben hacer malabares para llegar a fin de mes, reducir la cantidad de comidas diarias o depender de la ayuda comunitaria para garantizar un plato de comida en la mesa.
Las largas filas, las familias completas esperando su porción y la presencia de niños, jóvenes y adultos mayores reflejan el impacto que tiene el deterioro de las condiciones de vida en los barrios populares. Detrás de cada recipiente acercado para retirar una ración hay historias de trabajo precario, changas que no alcanzan, jubilaciones insuficientes y salarios que pierden poder adquisitivo frente al aumento constante del costo de vida.
Sin embargo, la jornada también mostró otra cara de la realidad: la organización popular. Frente a la dificultad, vecinos y vecinas decidieron reunirse, colaborar con ingredientes, aportar trabajo voluntario y construir una respuesta colectiva donde muchas veces el Estado está ausente.
La olla popular no solo sirvió para compartir un locro. Fue también un espacio de encuentro, de escucha y de construcción comunitaria. Allí se compartieron preocupaciones, experiencias y la convicción de que nadie se salva solo cuando el hambre golpea las puertas del barrio.
Este primer locro patrio inaugura un ciclo de ollas populares que buscará sostener la solidaridad organizada en los próximos meses. La iniciativa nace desde el propio barrio y se propone fortalecer los lazos comunitarios, acompañar a quienes más lo necesitan y demostrar que, aun en tiempos difíciles, la organización sigue siendo una herramienta fundamental para enfrentar la crisis.
Porque cuando el hambre crece, la solidaridad también tiene que crecer. Y porque detrás de cada olla encendida hay una comunidad que se niega a abandonar a sus vecinos.


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