Donald Trump acaba de cerrar una visita histórica a China. Fue la primera de un presidente estadounidense en nueve años, y dejó acuerdos millonarios, una foto de "amistad" en el Templo del Cielo, y una estela de preguntas que en Argentina nadie se anima a formular.
Entre los anuncios, hay uno que nos toca de lleno. El que duele. El que muestra hasta dónde llega la sumisión de un gobierno que prometió “mano dura” y terminó con la peor de las tibiezas: la de no tener plan, no tener gestión y no tener voz.
China le compró a Estados Unidos 25 millones de toneladas de soja. El periodista Carlos Etchepare lo dijo sin vueltas: “Eso se lo van a comprar de menos a Brasil y también a la Argentina”. No fue una advertencia. Fue la descripción de un hecho consumado.
El negocio redondo de Trump, el golpe que no anuncian
La estrategia de la administración republicana es simple y brutal: “United States First”. Que los exportadores norteamericanos recuperen el lugar que perdieron durante la guerra comercial de años atrás. El objetivo es claro: entre 25 y 30 millones de toneladas anuales para el agro estadounidense.
Cada tonelada que China le compre a Estados Unidos es una tonelada que NO le compra a Sudamérica. Argentina y Brasil, los dos grandes productores de la región, pagan el pato de una decisión que no tomaron, de una mesa en la que no se sentaron y de un negocio que no negocian.
Peor aún: el acuerdo se selló entre presidentes, no por mejores precios. El libre mercado que tanto pregona el gobierno argentino quedó sepultado por la política de grandes potencias. El amigo del norte es, en los hechos, el que nos quita el mercado de un plumazo, mientras el presidente argentino aplaude desde la vereda de enfrente.
El mito de la “independencia china” y la realidad del pacto Trump-Xi
Un análisis publicado por el Grupo de Países Productores del Sur en abril de 2026 sugería que China buscaría diversificar sus compras para evitar depender de Estados Unidos, e incluso que las tensiones con Washington abrirían una oportunidad para Argentina. Ese análisis se escribió antes de la foto en el Gran Palacio del Pueblo.
La visita de Trump pulverizó cualquier ilusión de autonomía china. China volvió a comprarle a Estados Unidos en volumen. Y la Argentina, que no tiene un tratado de libre comercio, que no tiene una relación estratégica fluida con Pekín, que no ofrece moneda estable ni previsibilidad, quedó con las manos vacías.
No es China la que nos excluye. Es Estados Unidos quien nos desplaza con su poder de negociación. Y es Argentina la que no tiene nada que ofrecer.
El agravante: el negocio petrolero y la guerra de fondo
La foto de la soja no es la única que duele. También hubo acuerdos petroleros. Xi mostró interés en comprar crudo estadounidense. En este caso, no es que nos quiten un mercado: es que nos quitan la posibilidad de ofrecer algo que no tenemos a gran escala.
En medio de un conflicto creciente entre Estados Unidos, Israel e Irán, con el estrecho de Ormuz prácticamente bloqueado, el petróleo es un arma de guerra y una moneda de cambio geopolítica. China necesita asegurarse el suministro. Estados Unidos se lo ofrece. Y Argentina, con Vaca Muerta a medio explotar y sin capacidad de refinar lo que produce, mira el baile desde afuera, como un espectador que no entiende la música.
¿Dónde está Milei? ¿Dónde está la “inserción internacional” que prometían?
El gobierno libertario prometió una “inserción internacional inteligente”. Prometió alinearse con Occidente, con Estados Unidos, con “el mundo libre”. Lo que se ve, en cambio, es una alineación acrítica, servil, que no obtiene nada a cambio.
Argentina no consiguió inversiones durante la visita. No logró una reunión bilateral con Xi. No hubo un anuncio de cooperación tecnológica, ni un crédito blando, ni una apertura de mercado para nuestras exportaciones.
El canciller Gerardo Werthein viajó a China antes de la visita de Trump, se reunió con autoridades, y volvió con las manos vacías. El discurso oficial es tibio, genérico, sin sustancia. La Cancillería argentina se limita a anunciar acuerdos con la Embajada de China, mientras el grueso del negado se negocia entre Pekín y Washington.
No es que nos hayan excluido. Es que nosotros nunca nos sentamos en la mesa.
El campo mira con preocupación, el gobierno mira para otro lado
La soja que China le compra a Estados Unidos impactará de lleno en el precio internacional. Menor demanda, menor precio. Menor precio, menos divisas. Menos divisas, más ajuste. El círculo se cierra sobre los mismos de siempre: los trabajadores, los que producen, los que no tienen voz en los despachos del poder.
El presidente Milei, tan elocuente para insultar a la “casta”, para hablar de “viveza criolla” y para promover el ajuste, no dice una palabra sobre este descalabro estratégico. No explica por qué China compra soja al norte en lugar de comprarla a la región. No aclara qué plan tiene Argentina para no quedar afuera de la reconfiguración del comercio global.
El silencio es su respuesta. Y ese silencio no es neutralidad. Es complicidad.
Argentina no tiene precio. El gobierno tampoco.
Argentina necesita divisas. El agro es la principal fuente de ingresos genuinos. Si el agro pierde competitividad, el país entero se resiente. No hay Vaca Muerta que pueda reemplazar el caudal de dólares que genera el campo.
La derecha argentina suele alardear de su “inserción internacional” con Estados Unidos. El gobierno de Milei no tiene inserción: tiene sometimiento. No tiene diplomacia: tiene un cheque en blanco que entrega sin que le den nada a cambio.
Trump negocia. Xi negocia. Milei observa. Elige no opinar. No pelea. No consigue. No existe.
Este silencio, en un mundo que se está reconfigurando a los ponchazos, no es una estrategia: es un suicidio económico. La Argentina se está quedando afuera, con los brazos cruzados, mientras el amo define el negocio con la potencia del Este.
La lección: mientras los poderosos se reparten el mundo, los pueblos la pelean en los barrios
Lo que pasa en el mundo no es ajeno a lo que pasa en los barrios. La reconfiguración del comercio global, la guerra como herramienta de reordenamiento, la deuda como mecanismo de dominación: todo eso define el precio de los alimentos, la cantidad de trabajo, la posibilidad de llegar a fin de mes.
El gobierno de Milei no tiene respuestas. Tampoco las busca. Su modelo es mirar hacia otro lado mientras los de arriba se reparten el mundo. Pero nosotros, los de abajo, sabemos que la única manera de no quedar afuera es organizarse.
Por eso, desde Awqay, seguimos sosteniendo que la comunidad organizada es la única respuesta. Porque si no nos juntamos nosotros, nos juntan ellos.

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