Por Leonardo Ganzburg
Mientras los números oficiales hablan de mejora, en los barrios la crisis se siente cada vez más fuerte. Comer, estudiar y vivir se vuelven desafíos diarios.
Estamos viviendo momentos catastróficos. Y lo digo desde donde hay que decirlo: desde el universo de la clase trabajadora.
La estanflación ya no se aguanta más. Comercios que bajan la persiana, fábricas que se apagan, una industria que se achica todos los días. El desempleo crece, los salarios quedan congelados y los precios —sobre todo los alimentos— no paran de subir.
Y ahí está el punto. Porque todo aumenta, sí, pero lo más grave es que hoy comer se volvió un problema. En mis 40 años, nunca fue tan difícil llenar la mesa.
Sin embargo, desde el poder nos dicen que bajó la pobreza. Un relato que no resiste el menor contacto con la realidad. Una fantasía construida desde una utopía libertaria que nada tiene que ver con lo que pasa en la calle.
En los barrios, esta situación no es un número: es vida cotidiana. Es angustia, es bronca, es miedo.
La crisis se transforma en violencia. Aumenta el consumo de drogas, pero también la demanda, porque hay más gente escapando de una realidad que asfixia. La deserción escolar vuelve a niveles que no se veían hace años. Incluso sostener la escuela pública se hace cuesta arriba: fotocopias, útiles, actividades escolares… lo básico también se volvió un gasto difícil de afrontar.
Mientras el pueblo trabajador sobrevive como puede —y muchas veces no llega— empiezan a aparecer las consecuencias más duras. Crece la desesperación, el desgaste emocional y también los suicidios, tanto en personas adultas como en adolescentes. Una realidad que duele y que no puede seguir siendo invisibilizada.
Y en paralelo, la bronca crece. Porque mientras la mayoría ajusta cada peso para comer, se conocen casos de funcionarios que acceden a créditos millonarios del Banco Nación.
Podrán decir que es legal, podrán explicarlo como quieran. Pero hay algo que no cierra. Cuando uno ve a funcionarios como Manuel Adorni viajando al exterior y comprando propiedades en medio de esta crisis, la pregunta es inevitable:
¿Cómo se hace para sostener ese nivel de vida con un sueldo de funcionario?
Porque cuando comer se vuelve un problema, cuando estudiar cuesta más de lo que se puede pagar y cuando vivir empieza a doler más de lo que se soporta, no estamos frente a un simple ajuste económico.
Estamos frente a una sociedad que se está rompiendo.
Y ningún relato, por más armado que esté, puede tapar lo que pasa en la mesa de cada familia.

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