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Venezuela: cuando el imperialismo deja de disimular


Estados Unidos atacó militarmente a Venezuela. No es una interpretación, no es una sospecha, no es una lectura entre líneas. Fue una acción directa, anunciada con orgullo por Donald Trump: captura del presidente Nicolás Maduro, traslado forzado a territorio estadounidense y una advertencia clara al resto del mundo.

No hubo mediaciones.
No hubo diplomacia.
No hubo derecho internacional.

Hubo poder militar.

Y hubo algo todavía más obsceno: la condición.

Trump dijo que respetará a las actuales autoridades venezolanas siempre y cuando le garanticen acceso total al petróleo y a otros recursos naturales. Así, sin rodeos. Reconocimiento político a cambio de saqueo. Respeto institucional a cambio de recursos estratégicos.

Eso tiene un nombre.
Se llama imperialismo.

No fue por democracia. No fue por narcotráfico.

Que nadie intente vender este ataque como una cruzada moral.
Ni democracia, ni derechos humanos, ni lucha contra el narcotráfico.

Si ese fuera el objetivo, no se invade un país, no se secuestra a su presidente y no se exige petróleo como moneda de cambio.

Venezuela tiene las mayores reservas de petróleo del mundo. Y Estados Unidos atraviesa una disputa global por energía, hegemonía y control frente a China y Rusia. El resto es relato.

Maduro podrá ser un dirigente cuestionable, con vocación de perpetuarse en el poder. Eso se discute.
Pero ningún país tiene derecho a invadir otro para quedarse con sus recursos.

Y mucho menos a hacerlo sin autorización de la ONU, sin aval internacional y sin consentimiento siquiera de su propio Congreso.

No hubo “salida interna”: eso también es clave

Otro dato que desnuda la mentira: no asumió la oposición venezolana.
Tras la captura de Maduro, la vicepresidenta del propio gobierno fue declarada presidenta, siguiendo el esquema institucional vigente.

No hubo levantamiento popular.
No hubo quiebre interno.
No hubo transición democrática.

Estados Unidos no “liberó” a Venezuela.
La ocupó.

El mensaje no es sólo para Caracas

Este ataque no es sólo contra Venezuela. Es un mensaje al mundo.

Venezuela es aliada estratégica de China y Rusia. Tiene acuerdos energéticos, financieros y militares con ambas potencias. Al intervenir militarmente y condicionar el reconocimiento político al acceso al petróleo, Estados Unidos está diciendo algo muy claro:

Yo decido quién gobierna, yo decido quién vende recursos y yo decido hasta dónde llega la soberanía.

Si China y Rusia se limitan a comunicados diplomáticos, el mensaje que se consolida es peligrosísimo: que Estados Unidos puede invadir países, capturar presidentes y exigir recursos sin pagar ningún costo real.

Por eso, una respuesta acorde no puede ser sólo retórica.
Debe haber demostración concreta de poder: buques militares en el Caribe, presencia naval visible, ejercicios conjuntos. No para iniciar una guerra, sino para marcar un límite.

Porque cuando el imperialismo avanza sin freno, el silencio también es complicidad.

Un precedente que nos alcanza a todos

Si esto se naturaliza, el precedente es devastador.
Hoy fue Venezuela.
Mañana puede ser cualquier país del sur global.

Cualquier gobierno incómodo.
Cualquier recurso estratégico.
Cualquier excusa.

No estamos discutiendo a Maduro.
Estamos discutiendo si el mundo acepta vivir bajo la ley del más fuerte.

Y frente a eso, no hay neutralidad posible.

Esto no es democracia contra dictadura.
Es imperialismo explícito contra soberanía.

Y esta vez, sin careta.

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