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Nos puede ir bien a todos


Por AWQAY

Vivir con deudas impagables no es normal.
Levantarse y acostarse pensando en la plata tampoco.
Que la economía te condicione la vida entera, que el estado de ánimo cotidiano sea la preocupación permanente, es algo profundamente violento.

Así vive hoy la mayoría del pueblo bajo este gobierno. Ya no importan las apreciaciones personales, ni siquiera la simpatía o antipatía por tal o cual dirigente. La situación general del país es desastrosa, por donde se la mire.

No es válido —ni honesto— sostener que hay que vivir así ahora para estar mejor después. Eso es un disparate. El famoso “efecto rebote” en la economía real no existe cuando se destruye el tejido social. La única salida posible es un proyecto claro de industrialización nacional, donde nuestros recursos naturales sean explotados por nosotros mismos y con conciencia ambiental.

La economía no puede estar por encima de la vida. Permítanme decirlo sin vueltas, para que todos lo entiendan: eso es cosa del diablo.

En un contexto geopolítico horroroso, la única alternativa al sufrimiento constante es el nacionalismo comunitario. Solo a través de una comunidad organizada se puede construir un pueblo próspero y feliz. Cuando los intereses del Estado responden exclusivamente a las necesidades del pueblo, el progreso deja de ser una promesa y se vuelve una experiencia concreta. Recién ahí podemos empezar a sentir que la vida no duele.

Esto no significa aislarnos del mundo. Todo lo contrario. Un país industrial exporta, diversifica su matriz productiva y no depende únicamente del agro. Pero esa apertura debe darse con control estatal real. Todos los puertos del país deben ser estatales. Ningún privado puede entrar y sacar mercadería a su antojo. Si se produce en nuestras tierras, debe pagar, declarar y pasar los controles correspondientes. Siempre primero los intereses de Argentina. Primero la Patria.

Finalmente, es necesario entender algo fundamental: nos puede ir bien a todos.
Los pobres con poder adquisitivo consumen en los comercios de barrio.
Los trabajadores bien pagos también.
Los jefes —que muchas veces también tienen jefes— consumen en otros circuitos.

Ahí aparece la brecha salarial, sí. Pero lo central es que, si hay circulación de dinero, la economía vive. Menos ricos obscenos, menos pobres estructurales. Si al trabajador informal le alcanza para la canasta básica, el resto de la sociedad va a estar pensando en reservar un hotel para las vacaciones y no preocupado en cómo pagar los créditos.

Eso es organización.
Eso es independencia económica.
Eso es soberanía y justicia social.

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