Por Leonardo Ganzburg – Awqay Noticias

Comenzó oficialmente el año político. Arrancó el período de sesiones ordinarias en el Congreso. Y lo hizo con el libreto de siempre: un show para la gilada, insultos a los opositores, un papelón devenido a presidente que confunde el grito con la autoridad y la soberbia con el liderazgo.

Milei es una buena marioneta. Tan buena que ya ni disimula los hilos. Entretiene a la gorilada con gritos y desagravios que ya no son contra "la casta" —porque la casta lo banca y él lo sabe—, sino directamente contra los "kukas", un enemigo construido a medida para mantener la hoguera encendida.

En su discurso de apertura de sesiones, remarcó que el mejor ministro es Sturzenegger, al cual agradeció la destrucción progresiva del Estado. También felicitó a la ministra de Capital Humano, Sandra Pettovello, esa que dejó pudrir a propósito comida para los más pobres mientras los niños esperaban en los comedores. Y en un momento, la exministra de Seguridad y ahora senadora Patricia Bullrich se acercó a abrazar al presidente.

La imagen patética es perfecta: los mismos de siempre, abrazados, festejando mientras el país se desangra.

Circo y más circo. Pero con consecuencias reales.


El tercer año de un gobierno que ya mostró las cartas

Lo cierto es que este personaje se cree que está en la cúspide de su gloria. Y así lo parece: llega a este momento con leyes regresivas que solo sirven para que los poderosos sigan acumulando cada vez más fácil y sin ninguna responsabilidad posible.

La reforma laboral ya es ley. Jornadas de 12 horas, indemnizaciones más bajas, derecho a huelga cercenado. La Ley de Glaciares entregó el agua a las mineras. La baja de imputabilidad habilitó el encierro de pibes de 14 años, los mismos que el Estado abandonó en la calle, los mismos que el sistema empujó al consumo, los mismos que ahora serán tratados como adultos encerrados.

Tres leyes. Tres golpes. Un solo proyecto: el narcocapitalismo funcionando a pleno.


Los números de la destrucción (porque no es sensación, es dato)

Mientras el Presidente disfruta del aplauso de sus seguidores, el país se desangra. El Centro de Economía Política Argentina (CEPA) registró 717 conflictos laborales entre enero de 2024 y febrero de 2026. El 62,1% se concentran en la industria. El 63,6% tienen como causa principal despidos.

Los datos oficiales de la Superintendencia de Riesgos del Trabajo (SRT) registraron la pérdida de 272.607 puestos de trabajo registrados entre noviembre de 2023 y octubre de 2024. La conflictividad se intensificó después de las elecciones legislativas de octubre de 2025: hasta septiembre se registraban 24 conflictos por mes; desde entonces, el promedio subió a 42 casos mensuales. Un aumento del 75%.

La inflación, mientras tanto, volvió a acelerar. El INDEC informó que en enero subió 2,9%, el quinto mes consecutivo de alza. En 12 meses, acumula 32,4%. Lejos de las promesas de estabilidad, la presión sobre los bolsillos sigue. Los tarifazos no se detienen. El salario no alcanza.


La calle: resistencia y represión

Los trabajadores no se quedaron quietos. La CGT convocó una huelga general el 27 de febrero que paralizó el transporte, los bancos y los aeropuertos. Aerolíneas Argentinas canceló 255 vuelos, afectando a 31 mil pasajeros. La central sindical estimó una adhesión superior al 90%.

Pero la respuesta del gobierno fue la misma de siempre: represión. Los enfrentamientos en las calles dejaron decenas de detenidos. El gobierno anunció la denuncia de al menos 17 personas por terrorismo, aplicando la Ley Antiterrorista. Una escalada institucional que busca criminalizar la protesta social, convertir al que reclama en enemigo interno, y sembrar miedo en cada esquina donde se intente organizar la resistencia.


La oposición ausente (y la izquierda que se planta)

Ahora empieza otra etapa clave. A menos de dos años de las próximas elecciones presidenciales, no hay un proyecto alternativo claro. No hay un peronismo estructurado ni dentro ni fuera del partido. Los liderazgos se diluyen, los armados se superponen, y la falta de conducción se nota en cada discusión.

Para el colmo, la batalla en la calle la está bancando la izquierda. Particularmente con la diputada nacional Myriam Bregman como una líder coherente que llama la atención. Mientras el peronismo debate internas y se mira el ombligo, ella está en cada marcha, en cada reclamo, en cada espacio donde se juega la resistencia. No es casual que su nombre aparezca cada vez con más fuerza en las encuestas y en la conversación política.

El peronismo debe organizarse. San José 1111 tiene que ser el búnker. No la prisión domiciliaria de Cristina. Allí la compañera tiene que organizar al movimiento obrero, un resurgir del justicialismo, con proyecto, con ideas, con gente coherente. Con el pueblo trabajador como protagonista.

La amplitud de un frente electoral tiene que ser hacia ese sector: el que defiende los derechos de la clase trabajadora. Basta de tener de aliados a personas que se venden al mejor postor. Basta de acuerdos con los que después votan con el oficialismo. Es momento de ideas fuertes, de convicción, de trabajo, de organización, de buscar una salida en comunidad.


Lo que viene: la destrucción social y la batalla contra el individualismo

Este año se empezarán a notar con más fuerza las consecuencias de tanta pérdida de trabajo, que seguirá en aumento. Los tarifazos ya están. La falta de derechos laborales también. Empezamos la etapa de la destrucción social, de la lucha de pobres contra pobres, de una sociedad desesperada que, confundida por la falta de oportunidades, tiene como moneda corriente la ley del sálvese quien pueda.

Es justamente ahí donde tiene que aparecer el peronismo organizado. Mostrar a esas personas que si se juntan pueden encarar un proyecto común para salir adelante. Que si nos apoyamos entre pares le podemos dar pelea al monstruo. Que la comunidad organizada no es un verso de libro, es la única herramienta real que tenemos contra la máquina de destrucción.

Una de las batallas más duras a ganar es contra el individualismo reinante. Ese que nos convence de que cada uno debe salvarse solo, que el vecino es un competidor, que la solidaridad es para débiles. Esa batalla se gana en el territorio, en el barrio, en la ronda de mate, en el merendero que se sostiene a pulmón, en el club que abre sus puertas para que los pibes no estén en la calle.

El enemigo es fuerte. Tiene el Estado, tiene los medios, tiene las leyes de su lado. Pero tiene una debilidad: no puede ofrecer esperanza. Nosotros sí.