Hoy, mientras el país vuelve a discutir lo que ya discutió mil veces, mientras desde arriba intentan convencernos de que hay que callarse, resignarse y “agradecer”, recordar a Hebe no es un gesto nostálgico: es un acto político.
Porque Hebe no fue solo una madre que buscaba a sus hijos. Fue una mujer del pueblo que convirtió el dolor en una máquina de sentido, en una escuela de dignidad, en un faro para cada generación que vino después.
Marchó cuando estaba prohibido hablar. Señaló a los culpables cuando todos miraban para otro lado. Y no pidió permiso ni perdón jamás.
En Tucumán, en los barrios, en las villas, sus pañuelos siguen siendo mapa. Mapa de dónde venimos y hacia dónde tenemos que ir cuando todo se derrumba. Mapa de cómo se pelea: juntas, colectivas, organizadas, sin miedo a nombrar lo que pasa.
En un país que otra vez quiere volver al pasado más oscuro, Hebe sería la primera en gritar lo que muchos callan, la primera en decir que la memoria no es un museo sino un arma del pueblo.
Ayer, que cumpliría años, no la lloramos: la abrazamos en su propia terquedad.
Y repetimos, como quien enciende una vela en medio del apagón:
Mientras haya un solo pibe con hambre, una sola madre llorando, un solo trabajador perseguido, Hebe sigue marchando.

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