Por AWQAY
Mientras la inflación golpea los bolsillos y el desempleo deja a miles fuera del sistema, crece silenciosamente una de las postales más duras de la crisis social: cada vez más personas viven en la calle en Tucumán.
Aunque no hay cifras oficiales actualizadas, basta con caminar por San Miguel para ver cómo se multiplican los colchones en las veredas, los cuerpos cubiertos con frazadas en plazas céntricas y las miradas perdidas en los accesos de los cajeros automáticos. No son casos aislados: es un síntoma claro del deterioro económico y del abandono estatal.
Una ayuda insuficiente
El gobierno provincial, a través del programa "Abrigar", y el municipio capitalino con el plan "Proteger", ofrecen asistencia nocturna y alimentos en espacios acondicionados como refugios. Sin embargo, los datos que manejan las propias autoridades dan cuenta de que los refugios funcionan por debajo de su capacidad.
En el albergue del Parque 9 de Julio, por ejemplo, apenas unas pocas personas aceptan dormir allí cada noche, aunque se calcula que más de un centenar vive en las calles del microcentro.
¿Por qué no asisten? “Muchos se sienten inseguros, otros no quieren dejar sus cosas, otros simplemente no confían. Dormir en un refugio sin garantías no es sinónimo de contención real”, señala una trabajadora social que pidió reserva de identidad.
No es solo techo: es abandono
Las organizaciones que trabajan en territorio coinciden en que el problema va más allá de la falta de albergues. “No es solo una cuestión de cama y comida. Estas personas están afuera del sistema: sin salud, sin trabajo, sin identidad legal en muchos casos”, explicó en un informe reciente la Red de Asistencia Comunitaria del NOA.
Además, crece el número de personas mayores, jóvenes con consumos problemáticos, mujeres con hijos y hasta familias enteras en situación de calle. La mayoría arrastra historias de despidos, desalojos o rupturas familiares, agravadas por una economía que no da tregua.
Una crisis estructural
La escena refleja un proceso social de exclusión acelerada. El ajuste, la caída del empleo formal y el deterioro del sistema de contención social han desbordado las respuestas institucionales. El Estado ofrece parches, pero no políticas de fondo.
“Lo que hace falta es trabajo, vivienda y acompañamiento psicosocial. Los refugios son una respuesta mínima, temporal. No se sale de la calle solo con una cama por una noche”, afirma con dureza una voluntaria del comedor “Pan y Resistencia”, que reparte viandas los fines de semana.
En Tucumán, como en gran parte del país, vivir en la calle ya no es una excepción: es una condena que se extiende, silenciosa, mientras la política mira para otro lado.

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