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La fuerza de los trabajadores en las calles contra la reforma laboral


Por AWQAY

La decisión de la CGT de convocar a movilizar el próximo miércoles 11 de febrero contra la reforma laboral deja un sabor amargo. Más que una medida de acción directa, parece un gesto calculado, un límite tímido frente a un ataque brutal a los derechos conquistados por generaciones de trabajadores y trabajadoras.

Ante un proyecto que avanza sobre convenios colectivos, indemnizaciones, condiciones de trabajo y organización sindical, la respuesta de la central obrera mayoritaria no estuvo a la altura. No hubo paro general. No hubo una demostración de fuerza acorde a la magnitud del avasallamiento. Y eso no es un detalle: es una definición política. Una CGT que se corre de la confrontación en un momento así se aleja, cada vez más, de cualquier idea de sindicalismo con raíz justicialista, popular y combativa.

En contraste, las CTA dieron una respuesta clara: paro y movilización. No como un gesto simbólico, sino como una herramienta real de lucha. Allí se expresó con más nitidez una verdad elemental que algunos parecen haber olvidado: son los trabajadores y trabajadoras quienes producen la riqueza de este país. Sin su esfuerzo no hay ganancias, no hay empresas, no hay economía que funcione. Y por eso mismo, no van a aceptar mansamente que se liquiden derechos conquistados con organización, lucha y, muchas veces, con sangre.

Más allá de las diferencias entre centrales, el desafío es común y urgente: voltear este proyecto de ley recesivo en materia de derechos laborales. No se trata de una discusión técnica, sino de un conflicto de intereses. Esta reforma no mejora nada para el pueblo trabajador; al contrario, precariza, debilita y disciplina en favor de los grandes patrones.

En un contexto donde las condiciones de vida y de trabajo ya son difíciles, lo que correspondería es ampliar derechos, fortalecer la negociación colectiva, proteger a quienes sostienen el país con su trabajo diario. Avanzar hacia atrás no es modernizar: es retroceder.

Por eso la disputa no es solo con el gobierno que impulsa esta reforma, sino también con las dirigencias sindicales que dudan, moderan o administran el conflicto cuando lo que hace falta es plantarse con claridad. La historia del movimiento obrero argentino muestra que cada derecho que hoy se defiende nació de la pelea, no de la resignación.

Y conviene no perder de vista lo esencial: los trabajadores y las trabajadoras no son un costo ni un número en una planilla. Son el corazón productivo de la Nación. Sin ellos no hay riqueza posible. Frente a eso, cualquier intento de hacerlos retroceder será, tarde o temprano, derrotado por la organización y la conciencia colectiva.

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