Por AWQAY

En tiempos donde la entrega se disfraza de modernidad, donde los grandes medios invisibilizan el pasado que nos dio identidad, recordar a Manuel Belgrano es una obligación moral. Porque él no fue simplemente el creador de la bandera. Fue mucho más: uno de los padres de la Patria, un revolucionario profundo, un cristiano comprometido con el prójimo, y el impulsor de uno de los actos más heroicos de nuestro pueblo: el Éxodo Jujeño.

La bandera del pueblo

El 27 de febrero de 1812, a orillas del río Paraná, Belgrano hizo flamear por primera vez la bandera celeste y blanca. Lo hizo sin permiso, desobedeciendo órdenes del gobierno central, porque creía que la Patria necesitaba símbolos propios, no los del imperio español.

No fue un gesto decorativo. Fue una declaración de soberanía.

“La bandera es el símbolo de nuestra emancipación”, escribió.

Creó una bandera para el pueblo. No para los reyes, no para los poderosos, sino para los que luchaban descalzos, con hambre y dignidad, por una tierra propia.

El Éxodo Jujeño: cuando un pueblo entero eligió la libertad

En 1812, el ejército realista avanzaba desde el Alto Perú. Belgrano, al mando del Ejército del Norte, sabía que no tenía cómo resistir. Entonces tomó una decisión tan dolorosa como heroica: ordenar la retirada de toda la población jujeña, dejando tierra arrasada para que el enemigo no pudiera avanzar.

Hombres, mujeres, niños, ancianos… todos marcharon más de 300 km hacia Tucumán. Dejaron casas, animales, cosechas, su vida entera. Quemaron lo propio para que la Patria no cayera.

Fue un sacrificio colectivo que no tiene igual en nuestra historia.

Y fue Belgrano quien les habló con claridad:

“Nuestra causa es la de Dios, la de la humanidad entera. No abandonen esta empresa.”

El pueblo le creyó. Y caminó con él. Esa confianza, entre un líder honesto y un pueblo digno, es la raíz misma del patriotismo.

Su fe: ni fanatismo ni dogma, sino amor al prójimo

Manuel Belgrano fue profundamente cristiano. Pero no usó su fe como bandera de poder. La vivió como servicio.

“Mi religión es la del Crucificado, que enseñó a perdonar y amar.”

En sus cartas y proclamas, habla de Dios con humildad, y propone una ética del amor, de la entrega, de la justicia. Soñaba con una Patria cristiana en el sentido profundo: sin esclavos, sin hambrientos, sin ignorancia.

Como Evita más de un siglo después, entendía que no hay política justa sin amor al pueblo.

Educación y justicia social antes de que existieran esas palabras

Mientras muchos criollos sólo querían cambiar de amo, Belgrano pensaba en el pueblo. Propuso escuelas para niñas, educación gratuita, alfabetización rural, premios al esfuerzo.

Cuando el gobierno le ofreció 40.000 pesos por sus victorias en Tucumán y Salta, los donó para construir cuatro escuelas populares. Nadie lo obligó. Nadie se lo pidió.

Y sin embargo, esas escuelas nunca se hicieron. El Estado le falló. Pero el pueblo no lo olvida.

Murió pobre, vivió grande

Murió el 20 de junio de 1820, el mismo día que Buenos Aires tenía tres gobernadores distintos y nadie pensaba en él. Su entierro fue pagado por un amigo. Sus últimas palabras fueron:

“¡Ay, Patria mía!”

Pobre, olvidado, y aún así, su nombre flamea en cada mástil.
No hay calle de la Argentina donde no esté presente.
Porque su ejemplo vive. Porque su amor a la Patria no murió.

Hoy: Belgrano como bandera de lucha

En este 20 de junio, más que una fecha escolar, queremos recuperar a Belgrano como símbolo de resistencia. Como el hombre que creyó en un pueblo libre, organizado, educado.
Como el líder que no se vendió, que no negoció la soberanía.
Como el cristiano que no habló de moral sino de justicia.

Hoy, cuando intentan borrar la historia, destruir la educación pública, y entregar nuestros recursos al extranjero, recordarlo es una forma de pelear.

Recordar a Belgrano es organizarnos. Es defender lo nuestro. Es alzar la bandera por la que él entregó la vida.