Por AWQAY
El proceso represivo que vivimos no empezó hoy. No empezó con la Corte Suprema ratificando la condena a Cristina Fernández de Kirchner. Empezó cuando el poder real decidió disciplinar al pueblo organizado.
La primera víctima fue Milagro Sala, presa desde enero de 2016 por el "delito" de haber empoderado a los pobres. Por haber demostrado que una organización popular podía construir viviendas, escuelas, centros de salud. Su cárcel fue un mensaje: no se atrevan a organizar desde abajo.
Pero el mensaje venía de arriba. No del gobierno de turno, sino de los de siempre: los Macri, los Magnetto, los Blaquier, los Rocca, los Caputo. Empresarios devenidos en casta de poder, dueños de la justicia, de los medios, de las finanzas. Son ellos los que no perdonan cuando el pueblo se anima a caminar con dignidad.
Hoy, con la condena firme a Cristina, ese ciclo de persecución se completa. Ya no van solo por las organizaciones sociales. Van por la conducción política del peronismo. Van por la mujer que enfrentó al FMI, que puso a los poderosos en su lugar, que nunca se arrodilló ante los que se creen dueños del país.
El plan es claro
Desde la mesa de los CEO, desde los sets de TN y La Nación+, desde los despachos oscuros del Poder Judicial, la élite diseñó su hoja de ruta. Primero fue Milagro. Luego, decenas de compañeros y compañeras procesadas, estigmatizadas, escrachadas en tapas de Clarín. Finalmente, Cristina.
Todo con un único objetivo: sacar al peronismo de la cancha, borrar su poder territorial, quebrar su representación política y meter miedo a cualquiera que se atreva a disputarles el poder.
Y no es casual que las dos figuras clave sean mujeres. Este poder es patriarcal, clasista, racista. No soportan que una mujer indígena como Milagro construya futuro en Jujuy. No toleran que una mujer del conurbano profundo como Cristina comande un movimiento nacional.
¿Y ahora qué?
La respuesta no puede ser ni el silencio ni la resignación. Lo que está en juego es mucho más que una figura. Es la democracia, el derecho a organizarnos, el futuro del pueblo trabajador.
La historia del peronismo lo demuestra: cada vez que nos quisieron enterrar, florecimos. Pero esta vez no será automático. Hay que reconstruir desde abajo, con representación real de las bases. Sin verticalismos vacíos ni roscas sin pueblo.
Es tiempo de volver al barrio, a las ollas, a los clubes, a las organizaciones de mujeres, de juventudes, de trabajadores.

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