Cada vez que Cristina Fernández de Kirchner asoma como figura electoral, la causa Vialidad vuelve a escena. En un país atravesado por el lawfare, su condena —aún no firme— se reactiva como amenaza. ¿Por qué hablamos de persecución? ¿Qué hay detrás de este nuevo intento de proscripción?

El anuncio de Cristina como candidata a diputada provincial sacudió el tablero político. En paralelo, se reactivó con fuerza una campaña mediática y judicial que exige que su condena en la causa Vialidad quede firme cuanto antes. La simultaneidad no parece casual.

El objetivo es claro: impedir que la presidenta del Partido Justicialista vuelva a ocupar un cargo electivo. La historia se repite. Cada vez que Cristina aparece como posibilidad electoral, el poder real —judicial, mediático y económico— se moviliza para proscribirla. Como en el pasado, pero con nuevos métodos.

Un patrón que se repite: justicia activada en tiempos electorales

La causa Vialidad no es nueva. Se inició en 2008, pero solo cobró impulso cuando el clima político lo demandó:

  • En 2016, tras la asunción de Macri, se reabrieron causas archivadas y se activaron nuevas.

  • En 2019, en plena campaña presidencial, comenzaron las audiencias públicas del juicio oral.

  • En 2022, se dictó la sentencia en medio del rol activo de Cristina como vicepresidenta.

  • Y ahora, en 2025, vuelve al centro del debate justo cuando se presenta como candidata.

Los tiempos judiciales parecen sincronizados con las necesidades políticas del poder económico.

¿Qué se juzga realmente?

La causa Vialidad acusa a Cristina de ser la "jefa de una asociación ilícita" que favoreció al empresario Lázaro Báez con contratos de obra pública en Santa Cruz.
Pero los datos duros revelan otra cosa:

  • No se peritaron las 51 obras, solo 5.

  • No se probó sobreprecio sistemático ni daño al Estado.

  • No se hallaron cuentas, bienes ni enriquecimiento personal atribuible a la expresidenta.

Lo que se castiga, entonces, no es un delito probado, sino haber sido dos veces presidenta, haber desafiado al poder real y seguir teniendo respaldo popular.

El miedo de la derecha: Cristina sigue siendo Cristina

Para la derecha, Cristina no es cualquier candidata. Es la única figura capaz de:

  • Ordenar el peronismo.

  • Interpelar al poder económico y mediático.

  • Conectar con las mayorías excluidas.

  • Proponer una alternativa al modelo de ajuste que encabeza Milei.

La condena judicial es, en este contexto, una herramienta de disciplinamiento. No se trata de justicia, sino de eliminarla como opción política.

Claves por las que hablamos de persecución

  1. No hay condena firme: sigue el proceso de apelación en Casación y Corte.

  2. No hay pruebas concluyentes: la sentencia se sostiene sobre conjeturas.

  3. Hubo relaciones escandalosas entre jueces y dirigentes opositores (caso Lago Escondido).

  4. El lawfare ya fue probado en otros países (como el caso de Lula en Brasil).

  5. Los medios construyen una narrativa de culpabilidad sin matices ni debate.

  6. Hay una clara intención de inhabilitarla políticamente a través de una sentencia débil.

¿Un nuevo intento de proscripción?

Como a Perón en 1955, como a Lula en 2018, a Cristina quieren sacarla del juego sin pasar por las urnas. No se animan a enfrentarla políticamente, entonces activan el aparato judicial.

La causa Vialidad, más que una causa judicial, se transformó en una operación de disciplinamiento político. Y cada nuevo avance en su contra es un retroceso para la democracia.

Cristina no es solo una figura política: es la síntesis de un proyecto que representa a los sectores populares. Por eso molesta. Por eso quieren proscribirla.

¿Puede haber un nuevo 17 de octubre si encarcelan a Cristina?

Sí. Y no como acto simbólico, sino como respuesta histórica y popular.
Encarcelar a Cristina no sería solo una injusticia jurídica: sería entendido como un intento brutal de disciplinar al pueblo peronista.

Cristina representa:

  • La memoria viva de los gobiernos que ampliaron derechos.

  • Una esperanza real para los sectores excluidos.

  • El símbolo de lo que las elites no toleran: que una mujer del pueblo desafíe al poder y gane.

En ese contexto, una detención podría reactivar la potencia movilizadora del peronismo.
Como en 1945, cuando el pueblo se organizó espontáneamente para liberar a Perón, el escenario de un nuevo 17 de octubre no es descartable. La calle volvería a ser el territorio de la dignidad. Y el grito, el mismo de siempre: “¡Con ella no se metan!”


Pero cada vez que la atacan, más evidente queda que no le temen a su pasado, sino a su futuro.