Una familia de seis en Tucumán vive con $1.200.000 al mes. Según el INDEC, no es pobre. Según su heladera, sí. En los barrios populares, la estadística es una ficción que ya no disimula el hambre.
Sobrevivir con números que no cierran
San Miguel de Tucumán. Una familia compuesta por dos adultos y cuatro niños junta, entre changas, AUH y algún plan social, $1.200.000 al mes. Los gastos, sin lujos, sin excesos, rozan o superan los $1.400.000: comida, servicios, ropa, transporte, escuela. Y si hay que pagar alquiler, la cuenta se dispara.
No hay margen. No hay ahorro. No hay proyección. Solo hay supervivencia.
El espejismo de la línea de pobreza
El INDEC estima que la Canasta Básica Total para no ser pobre en Argentina (para una familia de cuatro) está en $1.057.000. Pero ¿qué pasa cuando hay seis personas en la casa? ¿O cuando se alquila? ¿O cuando la comida ya se lleva el 70% del ingreso? El Excel no responde.
Las cifras oficiales —necesarias, sí, pero frías— sirven para los discursos. No para entender la olla. Porque en esa olla, hoy, muchos adultos se saltean una comida para que los chicos puedan cenar.
Vivir endeudado para poder comer
En estos hogares, la deuda ya no es una excepción: es parte del presupuesto. Se pide prestado para pagar la luz. Se compra fiado en el almacén. Se renueva una deuda con otra. Se paga con tarjeta una comida que ya no se digiere, porque la angustia aprieta más que el hambre.
El endeudamiento se volvió estructural. Y sin embargo, es invisible para las estadísticas que dicen que la pobreza está bajando.
Una pobreza que no entra en los márgenes del INDEC
La realidad económica de miles de familias populares no encaja en los moldes oficiales. Según las estadísticas, ya no son pobres. Pero no llegan a fin de mes, no acceden a la salud, viven en casas precarias, con chicos sin útiles escolares ni ropa de invierno. ¿Eso es salir de la pobreza?
El problema no es solo económico. Es político, ético, humano. Un Estado que mide la pobreza sin mirar la heladera, termina gobernando sobre ficciones.
La línea que se borra
En Tucumán —como en muchas otras provincias— el hambre se volvió silenciosa. Ya no se muere de inanición, pero sí de desgaste. Familias enteras viven al filo, dependiendo de subsidios que no alcanzan y changas que no garantizan nada. Son las nuevas clases invisibles: las que no figuran como pobres, pero tampoco viven con dignidad.
Conclusión: lo que no entra en el Excel
El ingreso de $1.200.000 puede parecer, en números, una mejora. Pero cuando el alquiler cuesta $200.000, cuando la comida roza el millón, y cuando los chicos necesitan zapatillas o guardapolvos, ese número no alcanza.
La estadística puede decir que salieron de la pobreza. Pero la realidad —la del cuerpo, la deuda, la angustia— dice otra cosa. Y esa voz, por más que se quiera tapar con planillas, sigue gritando en las casas de los barrios.

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