Por AWQAY

Tucumán, tierra profundamente peronista, es hoy gobernada por un dirigente que parece haber olvidado parte del ADN político que lo llevó al poder. Osvaldo Jaldo, actual gobernador de la provincia, ha optado por una cercanía sorprendente con la administración de Javier Milei, el presidente que basa su modelo de país en el ajuste brutal, la eliminación del Estado como herramienta de justicia social y el desprecio explícito hacia las banderas históricas del movimiento nacional y popular.

De la lealtad justicialista al silencio cómplice

Con más de dos décadas en cargos públicos dentro del Partido Justicialista, Jaldo supo construir su carrera bajo el paraguas del peronismo norteño. Su ascenso estuvo ligado a la lógica territorial, a la gestión de recursos y a la relación con figuras como Juan Manzur. Pero en la nueva etapa del país, Jaldo parece haber elegido otro camino: el de la adaptación política a cualquier costo.

Mientras Milei arremete contra el federalismo, ajusta las transferencias a las provincias y desmantela políticas sociales clave, el gobernador tucumano evita el conflicto. A diferencia de sus pares de otras provincias —incluso algunos también peronistas— que levantan la voz contra el desfinanciamiento de la obra pública, el recorte a las universidades y el ataque a las economías regionales, Jaldo se mantiene en un silencio que inquieta.

Gestos que incomodan

La reunión con Guillermo Francos, el apoyo parcial a la Ley Ómnibus, y su discurso conciliador frente a un gobierno que desprecia el federalismo, fueron señales suficientes para marcar una postura que descoloca incluso a sus propios votantes. En los hechos, Tucumán no ha recibido trato preferencial ni beneficios concretos por parte de la Casa Rosada. Los recortes se sienten con igual dureza que en otras provincias: obras frenadas, hospitales sin insumos, salarios docentes por debajo de la línea de pobreza.

¿Cuál es el precio de la "gobernabilidad"?

El argumento del “diálogo institucional” comienza a perder fuerza cuando se transforma en sumisión. En un país con una inflación desbocada, una recesión en marcha y un desmantelamiento de las políticas públicas, la gobernabilidad no puede ser excusa para la falta de posicionamiento político. El peronismo —por historia, por principios, por responsabilidad— no puede mirar para otro lado cuando se arremete contra los sectores más vulnerables.

La fractura interna

Puertas adentro, la estructura peronista tucumana comienza a mostrar tensiones. Algunos intendentes, referentes gremiales y militantes de base ya hablan de traición. Otros apelan al pragmatismo y justifican las decisiones del gobernador como una “estrategia de supervivencia”. Pero la pregunta se impone: ¿sobrevivir a qué precio?

Un espejo de lo que viene

Lo de Jaldo no es un caso aislado, sino un síntoma. El peronismo, fragmentado y sin conducción clara a nivel nacional, enfrenta hoy uno de sus dilemas más profundos: replegarse hacia la complicidad silenciosa o reconstruirse como fuerza de oposición real. En Tucumán, la elección de Osvaldo Jaldo ya está hecha. Lo que falta saber es si la sociedad tucumana la acompañará.