Por AWQAY

Introducción:

El justicialismo, nacido de la figura de Juan Domingo Perón y enriquecido por la pasión y la acción de Eva Perón, trasciende su condición de fuerza política para consolidarse como una auténtica doctrina social. Surgido de la experiencia histórica de la Argentina y de sus luchas populares, el justicialismo proyecta una filosofía y un sistema de organización que pueden ofrecer respuestas más allá de las fronteras nacionales. Es una filosofía viva, un sistema integral de ideas y prácticas que ha marcado a fuego la historia y la cultura política argentina, pero que, desde su raíz profundamente humanista, aspira también a ser un ejemplo de justicia social para el mundo.

El justicialismo como filosofía social:

En su esencia, el justicialismo postula una visión del mundo basada en la justicia social, la independencia económica y la soberanía política. Estos principios constituyen no solo un programa de gobierno, sino una ética de la convivencia y un horizonte de sentido colectivo. En el justicialismo, la comunidad organizada es la clave de la armonía social: la persona no se entiende aislada, sino como parte de un entramado solidario.

La importancia del trabajo como dignidad humana:

En la concepción justicialista, el trabajo no es una simple actividad económica, sino la piedra angular de la dignidad y la realización personal. El trabajo es el gran igualador: integra al individuo en la comunidad y asegura la justicia social. Como afirmaba Perón, “la verdadera democracia es aquella donde el gobierno hace lo que el pueblo quiere y defiende un solo interés: el del pueblo trabajador”. En este sentido, el trabajo no solo genera riqueza, sino que da sentido a la vida social y construye ciudadanía.

La salud, la educación y la ciencia como derechos fundamentales y motores de desarrollo:

El justicialismo concibe la salud, la educación y la ciencia como derechos humanos esenciales y pilares de la independencia nacional. Durante el primer peronismo, bajo la conducción de Ramón Carrillo, se impulsó una revolución sanitaria que combatió enfermedades endémicas, construyó hospitales y extendió la atención médica gratuita a todos los sectores. Carrillo sintetizaba esta visión afirmando que “los problemas de la medicina son ante todo problemas sociales”.

La educación fue consagrada como un instrumento de liberación y equidad. Las universidades se abrieron a los hijos de los trabajadores, la escuela pública se fortaleció y la alfabetización se convirtió en un imperativo ético. Para el justicialismo, la educación es la llave que iguala oportunidades y hace posible el desarrollo integral de la persona.

La ciencia y la tecnología también ocuparon un lugar central: se crearon organismos como la Comisión Nacional de Energía Atómica y la Universidad Obrera Nacional (hoy UTN), promoviendo la investigación aplicada para fortalecer la industria y la defensa nacional. Esta visión integral reconoce que sin ciencia propia no hay desarrollo, y sin desarrollo no hay verdadera independencia.

“La doctrina peronista es permanente, pero su aplicación debe adaptarse a las circunstancias cambiantes del país y del mundo”, expresó Juan Domingo Perón, sintetizando la capacidad del justicialismo de actualizarse sin renunciar a sus principios. Esta idea encontró continuidad y profundidad durante los gobiernos de Néstor Kirchner y Cristina Fernández de Kirchner, que retomaron la filosofía justicialista y la adaptaron a los desafíos contemporáneos.

En salud, se fortaleció el sistema público, se construyeron hospitales y centros de atención primaria, y se ampliaron los programas de vacunación. En educación, se sancionó la Ley de Financiamiento Educativo que incrementó la inversión estatal, se implementó el programa Conectar Igualdad para acortar la brecha digital, se crearon 17 nuevas universidades nacionales y se construyeron más de 1.800 escuelas, además de más de 6.000 obras de ampliación y refacción de edificios educativos.

La ciencia y la tecnología ocuparon un lugar estratégico: se jerarquizó el CONICET y se creó el Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva, consolidando políticas de Estado para el desarrollo científico y tecnológico. Se impulsó un ambicioso plan de repatriación de científicos, fortaleciendo la investigación nacional con la vuelta de más de 1.100 investigadores que trabajaban en el exterior. Además, se desarrollaron proyectos emblemáticos como los satélites ARSAT, que colocaron a la Argentina entre los pocos países con capacidad para desarrollar y operar satélites geoestacionarios propios, reafirmando la soberanía tecnológica.

Esta apuesta por la investigación, la innovación y el desarrollo científico retoma y profundiza la idea peronista de que la ciencia es un pilar de la justicia social y la independencia económica.

La economía justicialista frente a la economía financiera:

El corazón de la doctrina justicialista late en una economía centrada en la producción y el trabajo. A diferencia de la economía financiera, que prioriza la especulación y el lucro desmedido, la economía justicialista pone en el centro a la persona y su derecho a un bienestar digno. En lugar de concebir la riqueza como un fin en sí mismo, la economía justicialista la entiende como un medio para garantizar la justicia social y la cohesión nacional.

El justicialismo rechaza el poder de la usura y de la renta financiera que empobrece a las mayorías y concentra la riqueza en pocas manos. Frente a la lógica del capital financiero —que especula, se globaliza y escapa a las necesidades del pueblo—, la economía justicialista busca fortalecer el mercado interno, la industria nacional y la distribución equitativa. Así, propone una economía que no es un simple intercambio de bienes, sino una herramienta para la dignidad humana.

El justicialismo y su raíz cristiana:

El justicialismo reconoce en el cristianismo su inspiración ética y espiritual, en particular los valores de solidaridad, amor al prójimo y justicia social. Como suele decirse con picardía pero con verdad, “Jesús fue el primer peronista”, porque su mensaje de redención y fraternidad se hace carne en la doctrina justicialista. Para Perón, “el justicialismo es profundamente cristiano y profundamente humano”. Esto se traduce en la defensa de la dignidad de cada persona, en el respeto por los más humildes y en la búsqueda de un orden social más equitativo. La fe cristiana en la comunidad y en la redención colectiva atraviesa las prácticas y los principios justicialistas, reafirmando la idea de que ningún argentino debe quedar excluido.

El justicialismo hunde sus raíces en las aspiraciones populares, reivindicando la dignidad del trabajador y el derecho de los humildes a una vida plena. Su compromiso con los más postergados no se limita a la redistribución material, sino que es un acto de afirmación de la humanidad y la cultura de quienes históricamente fueron relegados. Por eso, más que un partido, el justicialismo es una identidad colectiva.

Un sistema dinámico:

A lo largo de sus décadas de historia, el justicialismo ha sido capaz de adaptarse a los vaivenes del mundo y de la Argentina, manteniendo siempre su núcleo filosófico. Ha gobernado en tiempos de bonanza y de crisis, ha sido resistencia y poder, ha dialogado con diversas corrientes. Esa plasticidad no significa vaciamiento ideológico, sino la vitalidad de un sistema que, como un organismo, se reinventa en cada etapa.

Conclusión:

Aunque el Justicialismo no se reduce a un partido político, reconoce en el Partido Justicialista su herramienta democrática para llevar adelante sus banderas. El PJ es el camino institucional que permite traducir la filosofía de la comunidad organizada en políticas concretas y luchas cotidianas. Por eso, el desafío histórico de cada generación justicialista es hacer del partido un verdadero instrumento de liberación, un espacio que encarne y actualice los principios de justicia social, independencia económica y soberanía política. Así, el Justicialismo se proyecta más allá de cualquier coyuntura electoral.

Finalmente, el Justicialismo se alimenta de la mística popular que brota en las calles y se canta en cada marcha. Es la unión de las voces y las manos levantadas que hacen temblar la tierra, la mística de un pueblo que entiende que la justicia social no se mendiga, sino que se conquista. La fuerza de las columnas obreras, estudiantiles y campesinas marchando bajo las banderas del Peronismo simboliza la comunión de la fe popular con la acción política, esa pasión que, como decía Perón, “no es solo política sino también mística”. Así, el Justicialismo no es solo un proyecto político: es una llama encendida en el corazón del pueblo.