Por AWQAY

En las urnas de 2025, volvió a verse un fenómeno inquietante: en distintos distritos del país, La Libertad Avanza cosechó votos. Sí, incluso después del saqueo. Después de la motosierra. Después de los despidos, los tarifazos, el hambre, la entrega. ¿Cómo se explica que sectores populares, trabajadores, jóvenes sin futuro, elijan una y otra vez a quienes les arrebataron todo? ¿Es ignorancia? ¿Es desinformación? ¿O es algo más profundo, más oscuro, más doloroso?

Quizás lo que atraviesa a buena parte del electorado argentino no sea solo miedo, ni confusión. Tal vez estamos frente a un síndrome de Estocolmo colectivo: el fenómeno psicológico por el cual una persona secuestrada empieza a empatizar con su captor, a justificar su violencia, a sentirse parte de su lógica. Una patología del alma política, donde el sufrimiento se vuelve costumbre y el verdugo se transforma en salvador.

Porque La Libertad Avanza no oculta sus intenciones: desprecia al Estado, denigra a los trabajadores, se ríe de los pobres, criminaliza la protesta, desmantela la salud, entrega los recursos. No hay truco. Lo dicen, lo hacen y lo festejan. Pero aún así, una parte del pueblo los vota. Como si necesitara creer que la culpa de su miseria es suya, que el ajuste es un castigo justo, que el hambre es libertad.

¿Dónde se rompió el lazo solidario? ¿Cuándo se torció la esperanza en cinismo? ¿Qué lugar ocupan los medios, los influencers, los discursos de odio, en este embrujo colectivo?

En AWQAY no vamos a ser condescendientes con los verdugos ni con quienes eligen abrazarlos. La crítica no es odio. El silencio sí. El periodismo también tiene la tarea urgente de incomodar, de sacudir, de poner palabras donde reina el negacionismo emocional. Porque si el pueblo no despierta, lo próximo que va a perder no es un derecho más: es su dignidad.