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Cuando el Estado decide encerrar a sus niños


Por AWQAY

Se aprobó la media sanción para bajar la edad de imputabilidad a los 14 años.

Catorce.

Hay algo en esa cifra que duele. Porque a los 14 uno todavía es un pibe. Está en la escuela. Está descubriendo quién es. Está lleno de preguntas. No debería estar frente a un juez penal.

Y sin embargo, el Congreso decidió que sí.

Venimos de semanas duras. Reforma laboral. Ajuste. Recorte. Y ahora esto. Una semana más de retrocesos en materia de derechos para el pueblo argentino.

Parece una pesadilla que no termina desde 2015. Un avance constante de una derecha cada vez más punitiva, más deshumanizante, más convencida de que el conflicto social se resuelve con castigo.

Lo que más duele no es solo la ley.

Es el clima.

Es escuchar a personas comunes decir que “está bien”, que “algo hay que hacer”, que “si delinquen que paguen”, como si habláramos de adultos consolidados y no de chicos que crecieron muchas veces en contextos de abandono estructural.

Primero el sistema los deja afuera.
Después los señala.
Ahora los encierra.

¿En serio creemos que un chico de 14 años nace delincuente?
¿O es más cómodo no mirar el fracaso de un modelo que produce exclusión y después la criminaliza?

Los pibes que deberían estar en un club de barrio ahora serán materia penal.
Los que deberían tener un profesor de apoyo tendrán un expediente.
Los que necesitaban oportunidades recibirán condena.

Esto no es seguridad.

Es renuncia.

Es la renuncia del Estado a hacerse cargo de la desigualdad que produce. Es la decisión de administrar el daño en lugar de resolverlo.

Y sí, duele admitirlo: una parte importante de la sociedad acompaña este giro. El miedo es poderoso. La frustración social es grande. Y cuando la angustia colectiva no encuentra respuestas estructurales, aparece el deseo de castigo.

Pero castigar a un niño no nos hace más seguros.
Nos hace más crueles.

Las sociedades se miden por cómo tratan a sus sectores más vulnerables. Y hoy Argentina está siendo empujada hacia una lógica donde los derechos se presentan como privilegios y la represión como solución.

No es un hecho aislado. Es un proyecto cultural.

Un proyecto que busca acostumbrarnos a que cada semana se pierda algo.
Que naturalicemos el retroceso.
Que bajemos la vara de lo que consideramos justo.

Por eso lo más peligroso no es solo la ley.

Es la anestesia.

Desde AWQAY no podemos ni vamos a normalizarlo.

No porque neguemos los problemas reales de inseguridad. Sino porque sabemos que la salida no es encerrar cada vez más jóvenes pobres, sino construir un país donde no estén condenados de antemano.

Hoy hay bronca. Hay tristeza. Hay sensación de derrota.

Pero la historia argentina ya demostró algo: cuando la política se vuelve insensible, la sociedad tarde o temprano reacciona.

Nada está escrito definitivamente.

Y si van a intentar gobernar desde el miedo, habrá que responder con comunidad, con organización y con memoria.

Porque un país que encierra a sus niños está diciendo que dejó de creer en su futuro.

Y nosotros todavía creemos.

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