Este último proceso represivo contra el peronismo comenzó en 2016 con la detención de Milagro Sala, presa injustamente por ejercer un derecho fundamental: el derecho a la huelga. Fue la primera señal de una persecución que tardó nueve años en culminar con la condena arbitraria a Cristina Fernández de Kirchner, presidenta del Partido Justicialista y heredera política de Juan Domingo Perón.

En este camino, la Corte Suprema de Justicia dejó de ser imparcial. Sus jueces, ligados a las familias oligarcas que manejan la economía argentina —los Blaquier, los Bulgheroni, los Magnetto, los Rocca, los Fortabat y los Macri—, convirtieron la justicia en un instrumento para proteger sus intereses y ejecutar órdenes políticas. Esto no es justicia, sino una judicialización del poder económico contra el pueblo.

Por eso, una lucha central que debemos asumir es democratizar la justicia, para que deje de ser un arma de persecución y se transforme en un garante real de los derechos de todos.

Pero la respuesta no está en líderes únicos ni en esperar que alguien nos saque de esta situación. El peronismo no es un partido ni una persona, es una forma de vida, una filosofía mística y práctica que trasciende la política tradicional. Lo esencial es la lucha colectiva por la victoria del pueblo, y para eso es imprescindible la organización popular.

Estamos en un momento histórico que exige un paso más: dejar atrás los egos y poner al movimiento por encima de todas las personas. Es necesario crear un Consejo representativo que lleve adelante los ejes del peronismo: justicia social, independencia económica y autonomía política, sumando además la lucha por una justicia democrática. Este Consejo debe formarse con actores de todo el arco popular, sin exclusiones, guiados por la idea de la Tercera Posición, el humanismo y la comunidad organizada, donde todos —desde empresarios hasta changarines— puedan vivir dignamente.

La dirigencia política, social y sindical debe asumir esta responsabilidad, dejar de tratar a la militancia como rebaño y formarla, porque el movimiento en el poder es el único camino para que a todos nos vaya bien.

Este no es el final, sino el inicio de una nueva etapa. El único soberano es el pueblo organizado. Y solo con organización y lucha popular podremos construir el futuro justo y digno que merecemos.

Que esta reflexión no quede solo en palabras: es hora de actuar, de fortalecer la organización en cada barrio y construir juntos la alternativa comunitaria que nuestra patria necesita.