Más allá de ser un movimiento político o un partido, el justicialismo se presenta como una forma de vida, una filosofía que trasciende las coyunturas históricas y las disputas partidarias para convertirse en un modo profundo y práctico de entender y transformar la realidad. Esta filosofía nace de las raíces mismas del pueblo, del grito de los de abajo, y se sostiene en la convicción de que la justicia social, la independencia económica y la soberanía política no son solo objetivos políticos, sino principios que deben permear cada acción, cada decisión y cada relación humana dentro de la comunidad organizada.
El peronismo, en su esencia, es un humanismo con rostro combativo. Está inspirado en la ternura que enseña el amor al prójimo, en la justicia social que reclama dignidad para todos, pero también en la resistencia frente a los poderes que buscan perpetuar la desigualdad. Su filosofía es una síntesis dinámica entre el amor y la lucha, la compasión y la firmeza, el cuidado y la rebeldía.
En este sentido, el peronismo recoge enseñanzas que remiten a tradiciones espirituales profundas, como las enseñanzas de Cristo sobre el amor al prójimo, adaptadas a la realidad concreta de los sectores populares y la necesidad de emancipación social. Sin embargo, no se limita a un humanismo pasivo o contemplativo, sino que es un humanismo activo, un llamado a la organización, a la comunidad, a la acción colectiva que busca la felicidad de todos, desde el changarín hasta el empresario, en un equilibrio que apunta a la comunidad organizada.
Esta forma de vida es también una invitación a la unidad trascendiendo las diferencias ideológicas, dejando claro que no existe peronismo de izquierda ni de derecha, sino el Justicialismo, una tercera posición que se afirma en la defensa de la soberanía y la dignidad humana. En esta unidad, el movimiento debe colocar por encima de todo la patria, el conjunto del pueblo y la justicia social, despojándose de egos y privilegios personales.
El reciente proceso represivo contra el peronismo, marcado por la judicialización del poder y la persecución política de figuras como Milagro Sala y Cristina Fernández de Kirchner, evidencia que esta filosofía de vida sigue siendo una amenaza para quienes detentan el poder económico y mediático. Familias oligarcas como los Blaquier, Magnetto, Rocca y otras, han utilizado la justicia no como un espacio imparcial, sino como herramienta de dominación. Esta realidad nos impone un desafío fundamental: democratizar la justicia, un paso imprescindible para que esta forma de vida peronista pueda florecer en toda su plenitud.
Pero el llamado más urgente es hacia la organización popular. El peronismo debe superar la dependencia de líderes carismáticos y avanzar hacia una estructura colectiva y horizontal, donde un Consejo representativo, formado por actores de todas las expresiones del pueblo, dirija el movimiento. Solo así se podrán sostener los valores de justicia social, independencia económica y autonomía política, con la inclusión de la justicia democrática como eje indispensable.
Este paso no solo es necesario sino trascendental: es la transformación del peronismo en un movimiento místico-práctico, una filosofía viviente que se manifiesta en la acción colectiva y en la construcción de un proyecto común que incluya a todos y todas.
En definitiva, entender el peronismo como una forma de vida implica reconocer su dimensión humana, espiritual y política a la vez; su capacidad para generar comunidad y sentido; su esencia como resistencia y esperanza. Esta comprensión es la base para una nueva etapa histórica donde la organización popular y la lucha colectiva se convierten en los motores para alcanzar la justicia y la dignidad plena.
Solo desde esta conciencia, y con el pueblo como soberano activo, el peronismo podrá continuar siendo la fuerza transformadora que necesita la Argentina y el mundo.

0 Comentarios