Por AWQAY
"Con los dirigentes a la cabeza, o con la cabeza de los dirigentes."
La frase, atribuida a Juan Domingo Perón, no es solo una advertencia: es una síntesis brutal de la tensión latente entre liderazgo y militancia, entre conducción y base obrera. A lo largo de las décadas, los sindicatos argentinos han sido actores fundamentales en la vida política del país, con un protagonismo que se forjó al calor del peronismo y se transformó con cada crisis, dictadura o restauración democrática.
El surgimiento del sindicalismo peronista
Durante las décadas de 1930 y 1940, el movimiento obrero argentino ya mostraba signos de organización, pero fue con el ascenso de Perón que alcanzó su punto de inflexión. Desde la Secretaría de Trabajo y Previsión, y luego como presidente, Perón consolidó una alianza estratégica con los sindicatos. El Estado promovió convenios colectivos, vacaciones pagas, aguinaldo, jubilación y protección laboral. En 1945 nació la CGT unificada, y desde entonces, el sindicalismo se convirtió en la columna vertebral del peronismo.
Sin embargo, esa cercanía también generó dependencia: los sindicatos se volvieron un engranaje del aparato peronista, lo cual fortaleció sus estructuras pero ató su destino político a los vaivenes del poder.
Resistencia y reorganización
Tras el golpe de 1955 que derrocó a Perón, la proscripción del peronismo obligó a los sindicatos a redefinirse como espacio de resistencia. Fue una etapa marcada por persecuciones, encarcelamientos y una represión feroz. Aun así, los sindicatos conservaron su capacidad de movilización. En los ’60, la figura de Augusto Vandor representó una nueva lógica: “Peronismo sin Perón”, marcando la creciente autonomía de algunos sectores.
Las divisiones internas se profundizaron: por un lado, una dirigencia sindical más negociadora y cercana al poder militar; por el otro, una militancia combativa que exigía mayor protagonismo y denunciaba a los “burócratas sindicales”.
Años ‘70: explosión y tragedia
La vuelta de Perón en 1973 reavivó el fuego sindical, pero también agudizó las tensiones. El sindicalismo fue protagonista tanto en el ascenso del nuevo gobierno como en los conflictos que lo debilitaron. Tras la muerte de Perón, el país entró en un espiral de violencia política, donde muchos gremialistas combativos fueron perseguidos o asesinados, especialmente durante la dictadura de 1976. La represión fue devastadora: miles de delegados de base desaparecieron. La CGT fue intervenida. Los sectores más afines al régimen intentaron mantener su lugar, mientras los opositores fueron eliminados.
Democracia y corporativismo
Con la vuelta a la democracia en 1983, la CGT recuperó su legitimidad institucional, pero el sindicalismo ya no era el mismo. La década del ’80 estuvo marcada por tensiones con el gobierno de Raúl Alfonsín y una oleada de huelgas que frenaron su intento de reforma laboral.
En los ’90, el menemismo selló una nueva etapa: desregulación económica, privatizaciones y aumento del desempleo. Paradójicamente, muchos dirigentes sindicales apoyaron el modelo. La crítica al “sindicalismo empresarial” creció, alimentando el escepticismo de las bases. La frase de Perón volvía a resonar: muchos trabajadores sentían que sus dirigentes ya no los representaban.
Crisis del 2001 y recomposición
El estallido social de 2001 evidenció el profundo divorcio entre dirigencias y militancia. La fragmentación de la CGT (en CGT oficial y CGT disidente), junto al surgimiento de la CTA, mostró una escena sindical fragmentada, pero también más plural.
Durante los gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner, se reactivaron las paritarias, se promovió la inclusión laboral y se fortalecieron varios gremios. Sin embargo, también afloraron las disputas internas. Moyano, otrora aliado clave del kirchnerismo, se distanció en busca de mayor protagonismo político. La tensión entre la defensa de los derechos laborales y los intereses corporativos volvió a estar en primer plano.
Macri, Milei y el futuro incierto
El gobierno de Mauricio Macri impulsó políticas de flexibilización laboral y buscó debilitar el poder sindical. Sin embargo, las centrales obreras respondieron con tibieza, oscilando entre la negociación y la pasividad.
Con Javier Milei, el escenario se volvió aún más complejo. Su ofensiva contra "la casta sindical" y el intento de desregulación total a través del DNU y la Ley Bases golpearon el corazón del modelo gremial argentino. Sin embargo, lejos de replegarse, varios sindicatos comenzaron a recuperar su tono combativo. Las huelgas generales, movilizaciones masivas y paros del 2024-2025 mostraron que las bases están vivas… y exigen conducción.
¿Conducción o renovación?
Hoy, el movimiento sindical argentino enfrenta un dilema profundo. Entre la urgencia de resistir las políticas de ajuste y la necesidad de reformarse internamente, los sindicatos caminan sobre una delgada línea.
La frase de Perón sigue vigente, como una advertencia que atraviesa generaciones:
“Con los dirigentes a la cabeza… o con la cabeza de los dirigentes.”
Las bases han comenzado a hablar, y en tiempos de crisis, la historia demuestra que nadie es intocable.

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